A lo largo de la historia la ciencia se ha visto entremezclada con la moral y la política, pues normalmente se ha encontrado al amparo y patrocinio del poder, el cual determina la norma social, de forma que no podemos entender la institución científica al margen de dicha norma, la primera responde a los intereses de la segunda.

Si a esto añadimos la compartimentación absoluta de las relaciones productivas e intelectuales que se da en las sociedades actuales, donde cada cual recibe una formación segmentada en función de un objetivo productivo concreto y delimitado, observamos que se genera la interdependencia necesaria para favorecer que la sociedad confiera rápida credibilidad a cualquier verdad o realidad que sea impuesta desde los diferentes ámbitos, entre ellos el de la ciencia, la cual deviene nuevamente en una valiosa herramienta para los intereses del poder.
 
Dicho poder fomenta una organización social, predominante en la historia de la humanidad, que se cimenta en el sistema de dominación de unos seres sobre otros, constituyendo un sistema irracional pero beneficioso para las elites que detentan el poder, las cuales saben que sus privilegios no se pueden mantener únicamente mediante métodos coercitivos directos, sino que resulta más duradero y efectivo si la socialización misma de las y los individuos es la apropiada a sus intereses. Por tanto requiere de relaciones sociales bajo el marco de una normativa cultural y biopolítica concreta, de forma que la persona construya su yo, su personalidad, en base a ellas, desde los primeros inicios y a lo largo de toda su vida, mediante la familia, las amistades, los entornos y todas las instituciones que la tutelan en su devenir vital y que la irán dejando la impronta del discurso oficial y su normatividad preconcebida e intencionada, haciéndola aceptar un tipo de relaciones y roles sociales manifiestamente injustos y autoritarios.

El status quo imperante se nutre de esta socialización, la cual al estar en gran parte desnaturalizada requiere de un barnizado científico que la dote de legitimidad y de elementos agresivos para su defensa, como la biologización de las relaciones sociales, culturales y subjetivas.

Y es que si bien resulta necesario que los sujetos socialicen, al fin y al cabo somos seres sociales y en ello residió nuestro éxito como especie, también es cierto que más allá del hecho evolutivo o de nuestra propia naturaleza gregaria, actualmente se da una sobresocialización forzosa en las personas de las sociedades capitalistas, lo cual responde a intereses específicos de control y perpetuación de un modelo social que conlleva que las personas intenten pensar, sentir y actuar moralmente según dichos intereses, lo cual supone una dura carga ante sentimientos y acciones que en realidad no tienen un origen moral, por tanto dicha sobresocialización no deriva en un desarrollo real de las personas en tanto que se hayan mediatizadas a intereses que les son ajenos. Cuando dichas personas se quiebran o simplemente no cumplimentan su rol, es decir, no socializan o muestran cualquier tipo de inadaptación, esto las lleva a ser inmediatamente patologizadas, discriminadas, tanto por las instituciones (psiquiatría) como por una sociedad miope con la oficialidad científica, como explicábamos al principio, ahondándose el abismo entre la persona "asocial" y las personas categorizadas "normales".


La socialización como adoctrinamiento.

adoctrinamientoEste hecho resulta peligroso para la libertad de los individuos, pues se genera la polaridad necesaria para redefinir paulatinamente la normalidad, que a su vez requiere de una "anormalidad" que señalar y poder discriminar, las personas "diferentes" sufrirán el rechazo social (incluido el familiar), serán aisladas por su disonancia respecto de la norma, sin que esta sea causada por un contexto clásico de opuestos políticos, es decir, el mero hecho de no entrar en el molde dentro de una sociedad que sobresocializa constituye en sí mismo un hecho subversivo de significancia política que llevará a cualquiera a ser patologizada o patologizado y a negársele la posibilidad de entender el trastorno que su estado "asocial" les pueda originar así como a que no se ejerza una crítica sobre ello que ayude a la normalización de sus emociones diferenciadas del común, aumentándose tanto la problemática como el rechazo que provoca en las mentes domesticadas en la obediencia a la norma.

Así pues, mediante la socialización se produce una transferencia ética e intelectual a las personas respecto de una sociedad permeabilizada al ideario predominante, que por si fuera poco se complementa biologizando aspectos éticos e intelectuales por un lado y patologizándolos por otro, elevándose en este caso la patologización a la máxima esencia como herramienta de represión y control social. Ejemplo claro de ello lo podemos observar en el hecho que hasta la publicación de la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (libro de referencia en psiquiatría), se efectuaba una patologización de las personas transgénero, catalogadas bajo el estigma del "trastorno de identidad", y se las forzaba a una normalización binaria como modelo de salud, lo cual en realidad solo respondía a intereses morales patriarcales heteronormativos, religiosos y de fomento de la transfobia. Más ejemplos descarados de patologización politizada los encontramos cuando en base a características conductuales, éticas y hasta físicas se inferían conductas criminales, asociales, negativas e incluso de inferioridad, tanto intelectual como racial, constituyendo pues una agresión bien racista bien por ideología, en este último caso contra aquellas ideas que no fueran asimilables por el juego político sistémico, el anarquismo por ejemplo.

Las mujeres, a lo largo de la historia y en la actualidad son otro claro exponente de lo dicho, pues sumado a una socialización antinatural en tanto que contraria a sus intereses biológicos e individuales, impuesta por la sociedad patriarcal, también sufren por cuestión de género una patologización desarrollada por una medicina occidental androcéntrica, por tanto parida a partir de un modelo masculino que ha culpabilizado, ignorado, medicalizado y transfigurado las reacciones corporales femeninas y reducido a ansiedad y depresión muchos de sus malestares sin tener en consideración las causas, máxime cuando estas provienen de hechos sociales, lo que lleva a que se las inunde de ansiolíticos y antidepresivos, llegando a recibir mas de las 3/4 partes de los que se recetan en España.

Nos hayamos pues ante un modelo social de perpetuación del poder y sus intereses, donde la patologización psiquiátrica es capaz de responder a construcciones políticas no inocentes y de control social. Siendo conocedores de esta realidad resulta necesario mantener una actitud crítica y vigilante para con las relaciones biopolíticas que nos atraviesan transversalmente y que nos configuran cotidianamente así como tratar de ir reduciendo la influencia autoritaria de la sociedad sobre el individuo, fomentándose su autonomía y sobretodo reconociendo el derecho a su individuación y unicidad, es decir, rechazando la sobresocialización, lo cual reduciría notablemente las problemáticas de diversas patologías, reales o inducidas y sobredimensionadas por el poder y su ideario de contención social y nos conduciría a desarrollar sociedades más libres, por ende, más felices.