¿A cuántos nos ha pasado que nos hemos visto haciendo, diciendo o pensando algo que era inimaginable hace unos años?, ¿en cuántos temas, valores y metas hemos cambiado de opinión con el transcurrir del tiempo?, ¿significa eso que somos una persona “inestable” o que no tenemos claro lo que queremos?

Dejando al margen cuestiones sobre madurez y desarrollo personal, hay un concepto cuyo entendimiento es muy importante a la hora de dar respuesta a estas preguntas. Ese concepto del que hablamos y presentamos hoy es del rigidez mental o cognitiva.

 

 

¿Qué entendemos por rigidez mental? Cómo se manifiesta en el día a día

Cuando hablamos de rigidez mental o cognitiva estamos haciendo referencia a la incapacidad individual que presentamos a la hora de adaptarnos a las novedades que las circunstancias nos demandan. Es decir, hablamos de un patrón de pensamiento y comportamiento que nos lleva a actuar de una forma determinada y constante a pesar de que los resultados que obtenemos no son los deseados o requeridos.

Las personas con una rigidez mental característica presentan dificultades a la hora de valorar otras perspectivas o puntos de vista diferentes a los propios y rehúsan en lo posible de abrazar nuevas soluciones para escenarios que dominan o creen que podrían dominar.

Podemos entender mejor este término si lo llevamos a una escena cotidiana: piensa en cuántas veces has intentado solucionar un problema de la misma forma una y otra vez, a pesar de que en ninguna de las ocasiones has tenido un resultado positivo. Y si nos llevamos el ejemplo a un caso, quizás más abstracto, cuántas veces nos hemos visto pensando y volviendo a pensar mil veces sobre el mismo asunto siguiendo la misma línea de pensamiento y sin buscar o valorar soluciones diferentes a las que ya hemos probado sin éxito.

 

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La rigidez mental o cognitiva no es una cualidad o característica de todo o nada, es decir, cada uno de nosotros estamos situados en un punto del gradiente que va desde una flexibilidad cognitiva que nos permite ser resolutivos desde una perspectiva abierta y cambiante, hasta el otro extremo de una inflexibilidad que nos convierte en seres casi automatizados que no deja lugar a imprevistos ni novedades.

 

Qué consecuencias tiene ser rígido mentalmente 

Aquellas personas que dentro del gradiente que mencionamos anteriormente se sitúan en un punto más cercano al extremo de la rigidez, pueden sufrir varias consecuencias (ya sean directas o indirectas) de esta característica ya que esto no sólo le afectará de forma individual, sino que también lo hará en el plano de lo social. Veámolas de forma detallada:

Consecuencias individuales.

Hacemos referencia al sin fin de emociones de las que etiquetamos “negativas” que estas personas se exponen a sentir en algún momento de su vida: ira, frustración, impotencia, malestar... No hay nada patológico en ellas, puesto que son las emociones que todos sentimos cuando algo no nos sale bien.

Pero si nuestro patrón de comportamiento está regido por la inflexibilidad y la falta de habilidad para cambiar nuestros pensamientos y conductas cuando estas no son resolutivas, nos estamos condenando de alguna forma a que nuestro abanico emocional siempre sea el mismo y vivamos sumidos en un episodio constante de frustración y malestar.

Consecuencias sociales.

A nivel social puede llevarnos a escenarios de intolerancia, a contextos en los que no seamos capaces de empatizar con los otros, a enzarzarnos en discusiones en las que no somos capaces de aceptar otros puntos de vista... y en definitiva, a un deterioro de nuestras relaciones que no harán sino agravar las emociones de impotencia, ira y frustración que ya hemos mencionado.

 

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Qué podemos hacer para mejorar nuestra rigidez mental

En este sentido son dos los pasos que podemos dar para gestionar nuestra rigidez mental: reevaluar y progresar.

Volver a analizar lo que en alguna ocasión anterior ya habíamos analizado. ¿Para qué? Pues para algo tan sencillo y, a la vez, tan complejo como ganar amplitud. Amplitud de opciones, de soluciones o de salidas.

Analizar el problema desde distintas perspectivas, partiendo desde el inicio y desgranando los pasos que hemos ido dando hasta llegar donde estamos, nos puede llevar a encontrar cuál es la variable o factor que no hemos tenido en cuenta y que nos puede ayudar a superar nuestros obstáculos.

Pero la reevaluación no sólo es positiva a efectos prácticos, sino que también puede aportarnos beneficios en el plano emocional. ¿Cuáles son estos beneficios? Pues, fundamentalmente, el autoconocimiento, es decir, tener conciencia de cuáles son mis capacidades, cómo me enfrento a un problema, cuáles son mis puntos a reforzar, etc. Esto nos ayudará a descubrir qué estamos haciendo bien, qué podemos (o no) cambiar y qué podemos hacer para sentirnos mejor con nosotros mismos y, en consecuencia, con los demás.

Es importante que integremos esto en nuestra forma de actuar ya que, según un estudio publicado en 2013, el modo en el que reevaluamos, regulamos y aceptamos las emociones influirá, entre otros aspectos, sobre nuestros niveles de ansiedad.


Teniendo en cuenta que cada año aumentan las cifras de personas que manifiestan síntomas de ansiedad, desde aquí nos gustaría animar a invertir un poco de tiempo en observarnos y mirar las cosas desde otra perspectiva. Y si no sabemos comenzar este proceso solos, no dudar en pedir ayuda profesional.

Afortunadamente, la flexibilidad mental o cognitiva también es algo que puede trabajarse y es una capacidad en la que podemos intentar mejorar para conseguir eliminar las consecuencias antes citadas y vivir una vida más en paz con nosotros mismos y con las personas que nos rodean. El trabajo desde las terapias de aceptación y compromiso, así como una intervención desde la perspectiva cognitivo-conductual puede ayudarnos a hacer esos cambios que a la larga nos traerán beneficios muy positivos.

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